Él, que durante años fue pescador, sabía sortear con entereza las sacudidas de las olas. Conocía al milímetro los mensajes que le mandaba el mar y se anticipaba a vientos y tempestades. Sus manos curtidas en sal y en remiendos de red habían hecho de él un viejo lobo que sabía de todo y, aún así, no se fiaba de nada.