Me senté
y puse los brazos sobre la mesa. La miré fijamente y ella me dio a elegir entre
dos de los brebajes que había preparado. Me decanté por la jarra de la verdad.
Me sirvió un vaso. Sorbito a sorbito fui agotando el líquido y me sentí con
ganas y fuerza para empezar a hablar. La miré a los ojos. Era mi brujita. Estaba
en buena compañía.
