Mamá, ¿por qué lloras?, ¿por qué está triste papá?, preguntó el pequeño sin entender muy bien los cambios que observa a su alrededor. Pero su casa ya no era su hogar. Por el quicio de la ventana se suicidaba la dignidad que le quedaba al futuro. Por la rendija del ventanal se filtraba la fuerza de los mayores. Por aquel hueco de la pared se fugaba su infancia.
